Peer el perezoso y el rey de trolls

mayo 17, 2008

Peer el perezoso hacía honor a su nombre. Sólo pensaba en vagabundear por la montaña, en dormir junto a los arroyos o en beber con otros bribones como él en la posada. Mientras, su pobre madre, después de la muerte de su padre, se agotaba con los duros trabajos del campo.
La buena mujer, constantemente, se empeñaba en hacer entrar a su hijo en razón.
— ¡No puedes pasarte toda la vida haciendo el vago!, le decía. Ya va siendo hora que empieces a trabajar y pienses en casarte. ¡Por lo menos, podrías arreglar el tejado de la casa, cualquier día de estos va a caérsenos encima!
— ¡No he nacido para ser campesino o carpintero!, respondía Peer. ¡Un día me casaré con una princesa, viviré en un hermoso palacio y tendré montones de sirvientes!
La desgraciada madre se encogía de hombros y callaba.
Una noche, Peer decidió ir al baile pero no se preocupó de cambiarse de ropa ni de lavarse. Cuando las chicas lo vieron entrar sucio, despeinado y con el vestido manchado de barro, ninguna quiso bailar con él.
Permaneció todo el tiempo solo en un rincón, por lo que empezó a enfurruñarse.
De repente, vio entrar a la hermosa Sueva con sus padres, de un salto se puso ante ella y, sin dejarla reaccionar, la condujo al centro de la pista de baile. Sueva era tan dulce y amable que apenas se molestó por sus malos modales. Hay que decir quePeer era un muchacho muy bien parecido… Pero, la madre de Sueva conocía su fama de perezoso y no le gustó nada ver a su hija bailando con él, por lo que la llamó a su lado.
— Peer, déjame, mi madre me está llamando, dijo Sueva al oído de su galán.
A lo que Peer respondió estrechándola aún más fuerte. Pero ella insistió:

— Por favor, te lo ruego, no me retengas.
— ¡Pero, es que yo quiero bailar contigo!, respondió con rabia.
Todos reían viéndolos discutir. Por fin, Sueva consiguió soltarse y se alejó llorando.
Abandonado por su dama, Peer se puso furioso y, para descargar su ira, se marchó a la montaña. Había luna llena y la luz resplandecía como en pleno día, aunque ya era casi medianoche. Súbitamente, se dio cuenta que alguien lo seguía. Se detuvo, el corazón le latía fuertemente y vio, al volverse, a una joven muy extraña. Tenía una nariz larguísima que balanceaba de un lado a otro como si friera la trompa de un elefante.
— ¿De qué pueblo vienes? Le preguntó Peer.
— De ninguno, soy la hija del rey Baboro, respondió la muchacha.
Entonces, Peer comprendió que procedía del poblado de los trolls y se estremeció. Luego, pensó que era su oportunidad de casarse con una princesa… Pero, acaso una princesa aceptaría desposarse con un simple campesino?
Sin embargo, respondió con desfachatez:
— Soy el príncipe Peer, hijo de la reina Mathilda. Me estoy paseando por el país para ver como viven mis súbditos. ¿Y tú, princesa, qué haces a estas horas de la noche por la montaña?
— He salido a tomar el fresco, dijo. ¡Hace tanto calor en el baile de palacio!
— ¿No me digas que también tú estabas esta noche en un baile? dijo Peer.¿Pero, dónde está tu palacio?
— Ven, príncipe Peer, te lo voy a mostrar. ¡Te invito al gran baile de los trolls!
(Peer era perezoso, pero más listo que el hambre. Sin dudarlo un instante, acompañó a la princesa trolls por un sendero que se introducía en el corazón de la montaña, derecho hacia una inmensa gruta. El suelo temblaba bajo el peso de los trolls que bailaban sin parar, mientras, otros comían y bebían alrededor de una gran mesa, presidida por el rey Baboro.
Cuando las muchachas trolls repararon en su presencia, se pusieron a cuchichear y a cacarear como si fueran gallinas. Primero, Peer empezó a pavonearse y a hacerse el interesante, pero al oírlas hablar, desistió de su actitud.
— Yo quiero comerme sus nalgas, decía una.
— No, ¡déjamelo a mí!, protestaba otra. ¡Voy a trocearlo y a asarlo en la parrilla!
— ¡Vosotras ya estáis bastantes gordas! ¡Yo también quiero probarlo! decía otra.
Todos los trolls rodeaban a Peer, dando saltos de alegría y la boca se les hacía agua.
Por fortuna, la princesa fue a hablar con su padre y éste dio unas palmadas:
— ¡Silencio!, gritó. Y añadió, dirigiéndose a Peer: ¿Así que eres príncipe?
— Sí, soy el príncipe Peer, hijo de la reina Mathiida.
— Perfecto, perfecto, masculló el rey. ¿Y quieres casarte con mi hija?
— Ejem… yo… no había pensado en ello, pero ya que me lo proponéis… ¡Acepto su mano y vuestro reino como dote!
— ¡No tan deprisa, jovencito!, replicó el rey. Heredarás mi reino después de mi muerte. De momento pasaras unas pruebas, pero no te preocupes si no eres digno de ser mi yerno… ¡serás digno de ser comido!
Ante estas palabras, una lluvia de gritos, risas y pateos se desencadenó entre los trolls.
— ¡Las pruebas! ¡Qué comiencen las pruebas!, gritaban centenares de bocas con dientes afilados.
Con tal de convertirse en rey, Peer estaba dispuesto a -cualquier sacrificio, así que declaró con firmeza:
— ¡Conseguiré superar todas las pruebas!
— Pero, primero, intervino el rey, tienes que llevar una cola como la nuestra. Se trata de un signo de nobleza. Un troll fue a buscar la cola de la vaca que se habían comido ~ para cenar y se la ató en la parte inferior de la espalda. Peer, se puso a mover cadenciosamente su culo para hacer ondear, con orgullo, el símbolo de su nobleza. Los gritos de alegría y los pateos se desencadenaron de nuevo. «Mi pueblo me está aclamando», pensó Peer.
— Ahora, añadió el rey cuando se restableció el silencio, vas a comer y a beber conmigo.
Dos trolls trajeron unos platos y unas copas. El rey se inclinó para oler con glotonería el olor a excremento y porquería que brotaba de los platos. A continuación, le ofreció una copa a Peer, diciéndole:
— ¡Son especialidades culinarias de mi reino…, de tu futuro reino!
Pero, el olor era tan repugnante que Peer rehusó enérgicamente.
Enseguida, los trolls se acercaron. Al ver sus babas colgando de sus dientes afilados, Peer tomó la copa, se tapó la nariz con los dedos y bebió su contenido de un trago. Entonces, los trolls le aclamaron:
— ¡Hurra! ¡Viva el príncipe Peer!
Y en medio de la algazara, nadie se apercibió que Peer se dio la vuelta para vomitar lo que acababa de beber.
— Perfecto, dijo el rey, continua disfrutando del espectáculo. Los trolls se fueron amontonando a ambos lados de la gruta, mientras los músicos y las bailarinas se situaban en el centro. Imaginad trescientos gatos que se han pillado la cola en una trampa para cazar ratones y os haréis una idea de cómo sonaba la música. Imaginad tres elefantes saltando y diez puercos retorciéndose y os haréis una idea de las bailarinas.
Los trolls suspiraban y se enjuagaban las lágrimas pues se emocionaban con el espectáculo. Pero, Peer se partía de risa. Cuando el rey se dio cuenta se estremeció de indignación y, dando unas palmas, detuvo el espectáculo, se puso en pie y, dirigiéndose a Peer, dijo con aire solemne:
— Veo, con disgusto, que no tienes sensibilidad para la música ni para la danza, igual que para los exquisitos manjares. ¡Qué infortunio! ¿De qué te sirven tus ojos, tus oídos y tu lengua? Afortunadamente, siento por ti un gran afecto y voy a demostrártelo: te arrancaré los ojos y la lengua. Así podrás permanecer entre nosotros sin ningún problema.
Peer, al oír estas palabras, se sobrecogió y corrió hacia la salida, gritando:
— ¡Estáis locos! ¡No quiero quedarme ciego y mudo… y no quiero quedarme con vosotros! ¡Además, no soy ningún príncipe, os mentí, lo he inventado todo!
Los trolls se iban acercando peligrosamente, él corrió aún más deprisa, con todas sus fuerzas. La horda de trolls lo perseguía aullando sin parar.
La cabeza le ardía, su pecho estaba a punto de estallar. Corría desesperadamente por el camino que remontaba hacia la salida. Por fin, a los lejos, divisó una luz: ¡Era la libertad, lavida! Pero, en ese preciso momento, los trolls lo agarraron del vestido, desgarrándoselo con las garras y los dientes. Faltaban sólo unos pasos hasta la salida, cuando Peer se desplomó exhausto y la jauría aullante lo alcanzó. «Estoy perdido», pensó.
Pero, en el silencio de la noche, se oyó el tañido grave de una campana. Enseguida, los trolls se taparon los oídos gimiendo y regresaron a su gruta. En pocos segundos, todos desaparecieron y Peer se quedó solo, atontado, medio muerto, pero todavía vivo. Sin más demora, bajó al valle, hacia el lugar de donde provenía el sonido de aquella campana, que no cesaba de repicar. Al llegar al pueblo, se dirigió directamente a la iglesia.
— Me gustaría saber quien está tocando las campanas en plena noche. Aunque no lo haya hecho adrede, me ha salvado la vida.
Cuando entró en la iglesia, una muchacha se arrojó en sus brazos: era Sueva que, al punto, le dijo:
— Vi como te dirigías a la montaña. Y te esperé. Pero, como no regresabas, pensé en los trolls y, temiendo por tu persona, me puse a tocar las campanas para ahuyentarlos.
— ¡Y lo has conseguido!, respondió Peer, muy satisfecho. ¡Si supieras qué miedo he pasado! Creo que esta aventura me ha quitado las ganas de vagabundear por ahí… Fíjate, he estado a punto de ser príncipe de los trolls, mas a partir de ahora no voy a tener otra princesa que tu.
Unos días más tarde, Peer se casó con Sueva. Para que pudiera ir a vivir con él, Peer reparó el tejado de la casa y se puso a trabajar sin descanso. Fue toda su vida un simple campesino, aunque esto no le impidió ser tan feliz… ¡cómo un rey!

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