Ginnungagap – antes del principio

mayo 17, 2008

Si desehan leer arto hoy, bueno, que les parese esto?

“Es el abismo primigenio situado entre el norte helado y el ardiente sur. Doce arroyos se derramaban en este vacío y se congelaban formando enormes bloques de hielo. Al sur, unas llamas de fuego lo derretían lentamente, y de las gotas nació un gigante de hielo.”

En el principio solo había Ginnungagap, el profundo vacío o el vasto abismo. Era una región tan enorme, tan ilimitada, que se extendía para siempre en todas las direcciones, con espacio para albergar a billones de universos y aun así con sitio para más. El solo contemplarlo podía marear, hacer sentir ingrávidez a su espectador, y atemorizar a la mente, porque carecía de longitud, de anchura, de parte superior o inferior. En el comienzo no habia nada Ginnungagap, ni una gota de agua, ni una hoja de hierba o una ramita, ni tan siquiera un grano de arena. No había luz ni oscuridad, tampoco silencio, y aun así no había sonidos: tan sólo el hondo vacío. Aunque semejante nada resultaba tan vasta e informe, con todo, no estaba vacía. Tan solo los dioses conocían este secreto. Y luego esa nada comenzó a ser algo y se pudo comprobar que existían dos regiones muy contrastadas.

Primero estaba la región del fuego, llamada Muspellheim. Ninguna persona normal podía vivir en ella, pues la tierra permanecía encendida y el aire igualmente en llamas. Más adelante los gigantes, cuya combustión se realizaba en tal fuego, empezaron a construir Muspellheim, que sería su hogar. Muspellheim significa “el hogar de los destructores del mundo” y, como veremos más adelante, nada podía irle mejor que un nombre tan terrorífico. Los Asir tuvieron buen cuidado de no acercarse a los límites de aquella tierra, porque el calor era tan intenso, las llamas tan tremendas, que incluso a un millón de kilómetros todo quedaba calcinado y consumido.

Para hacer la cuestión todavía más espeluznante, Surt, el más feroz de los gigantes, actuaba como centinela en la llameante frontera, aferrando en su ardiente mano una espada de fuego. Impedía el paso a todo posible intruso, aun a los propios Asir, los dioses. Estuvo allí desde el comienzo, y se encontraría en el mismo sitio en el final, el Ragnarok o día de la muerte de los dioses. El cabello de Surt aparecía envuelto en llamas, lanzando chispas brillantes en todas las direcciones, cual cometas trabados a ellos; su cabeza y rostro semejaban fuego fundido y ríos de lava descendían de continuo por su mal conformado cuerpo. ¡No debe, pues, maravillar que se profetizase que al final del mundo él lanzaría una cantarina llama y un hediondo humo por todo el universo, convirtiendo a todo ser vivo en cenizas ennegrecidas!. Los tres extraños informantes dijeron a Gylfi que la segunda de las grandes regiones en el vasto abismo de Ginnungagap era una salvaje soledad, fría y desolada, compuesta de hielo, nieve y congelantes nubes y niebla, por nombre Niflheim.

Niflheim, como Muspellheim, había existido durante incontables eras antes de ser creada nuestra tierra. En su centro brotaba de pronto, espumeante, la poderosa fuente de todas las aguas, un rabioso surtidor denominado Vergelmir o caldera rugiente. Todos los ríos de cualquier época, procedían de Vergelmir. Sus nombres eran terribles y mágicas sus formas: uno se llamaba Aullador y otros Tormen***** Horroroso y Estalla Burbujas. Se comenta de uno que estaba enteramente compuesto con carámbanos de hielo que se abrían paso en forma de armas: azagayas, lanzas, espadas, hachas de combate. Otra tumultuosa fuente o manantial que existía en Niflheim era la llamada Elivagar u Ondas Gélidas. Elivagar había surgido, asimismo, de su desconocida fuente desde épocas muy inmemoriales. Algunos afirman que Vergelmir y Elivagar eran tan sólo distintos nombres de un manantial primigenio, virgen; sea como fuere, las montañas de hielo que componían Elivagar, trituradoras, chirriantes, crujientes, se expandieron y explotaron al cabo, extendiendo capa tras capa de glaciares por toda el área norte de Ginnungagap. Y a través de las siempre crecientes cadenas montañosas de hielo zumbaban en torbellino unas ventoleras de granizo, heladas lluvias y ventiscas totales. Y lo que es más importante, como veremos, resulta que borboteaba por doquiera en Elivagar una venenosa escoria que acababa asentándose como salida de un horno. Ese material se endurecía, formando hielo negro. Cuando semejante masa dejaba de fluir y su marcha se detenía, quedaba colgando, suspendida y formando colosales carámbanos e icebergs, amontonados y detenidos uno encima de otro, siempre arriba y arriba como troncos que se almacenaban. Así es que ambos lugares, Vergelmir y el envenenado de Elivagar, colmaban por completo la parte norte de Ginnungagap.

Finalmente el tremendo vacío de esa área norteña quedó bloqueado por masas de pesados y demoledores hielos y escarchas totales; en contraste, el firmamento al sur del Ginnungagap centelleaba con chispas y gases fundidos que salían a borbotones en Muspellheim. Resultaba no poco evidente que, transcurridos varios eones de tiempo, las regiones de fuego y hielo dentro del vacío enorme acabarían por encontrarse. Cuando ello, en efecto, terminó por suceder, se suscitó el más sorprendente de todos los fenómenos, que nadie desde que empezó el mundo ha sido aún capaz de explicar: la vida. Allá donde ambos elementos se juntaron en el espacio, el vacío total era tan suave como un ambiente sin aire, pero cuando el hielo del Niflheim rozó el fuego del Muspellheim se produjo una terrible explosión y un fabuloso y creciente estampido brutal.

Las gotas de veneno en fermentación que ascendían, cual burbujas, a la superficie en todo Elivagar resultaron con una vida insuflada por el fuego, y a todo lo ancho de Ginnungagap se conformó el cuerpo de un gigante. Tenía rasgos de hombre y al principio apenas podía moverse. Un caldo de espumoso e hirviente lodo, con hielo, dio origen a su feroz cabeza, a sus brazos, torso y piernas rezumantes de fango. Sus descendientes, los gigantes del hielo, le llamarían Aurgelmir, que significa Hierve Barro, pues ellos conocían el secreto de su creación, pero hubo otros que le conocieron como Ymir.
Durante incontables épocas Ymir estuvo yaciente, durmiendo sobre su mezcla venenosa de lodo y hielo, pero finalmente su cuerpo se solidificó y el gigante empezó a sudar. Bajo su axila crecieron un varón y una hembra. Después, uno de sus pies se emparejó con el otro y produjeron un hijo de seis cabezas. Fue de tales criaturas de donde se originó la raza de los gigantes del hielo. Claro es que no todo el hielo del Niflheim estaba empapado del veneno de Elivagar, y allá donde permanecía puro, pero siempre fundido por los fuegos de Muspellheim, apareció entre el deshielo una enorme vaca. Su panza se extendía a través de los picos y alturas como un colosal cúmulo, y eran sus patas cual columnas en las esquinas del espacio. De las urbes del fabuloso animal fluyeron cuatro ríos de leche que amamantaron al gigante Ymir. Los gigantes del hielo la llamaron Audhumbla (Audhumla), lo que quiere decir la Gran Amamantadora. Por supuesto que la propia Audhumbla necesitaba alimentarse también, así que empezó a chupar los continentes congelados que tenía a su alrededor, hallándolos gustosamente salados para su paladar. Del mismo modo que un escultor contempla, dentro de un bloque de mármol, una imagen que sólo él será capaz de extraer luego, así también, a medida que Audhumbla lamía el hielo, algo nuevo empezó a aparecer. Al anochecer de la primera jornada, su rápida lengua había descubierto el cabello de un hombre. Durante todo el día siguiente estuvo lamiendo hasta que apareció la cabeza de un ser humano, varón. Al tercer día había dado plena conformación material a un hombre entero. Los dioses lo llamaron Buri, porque pretenden que fue su primer antepasado; era verdaderamente hermoso y regocijante de contemplar, un dios grande y poderoso.
A medida que fue transcurriendo el tiempo, Buri tuvo un hijo llamado Bor, que significa “nacido”, pues durante todos esos miles de años todavía no había muchas palabras utilizables. La esposa de Bor era Bestla, hija de un gigante conocido como Balethorn. Bor y Bestla tuvieron tres hijos: Odín, Vili y Ve. Todos estos seres, antecesores de los gigantes y los dioses, amén de la vaca universal, Audhumbla, habían sido creados dentro de la primigenia disposición, informe, de Ginnungagap. Dado que el veneno de Elivagar existía, algunos resultaron perversos, mientras otros, como Buri, resultaron buenos. Pero es bien conocido el hecho de que el bien y el mal no pueden existir pacíficamente juntos y no iba a transcurrir mucho tiempo antes de que se suscitara una tremebunda batalla entre los poderes cósmicos. Los gigantes del hielo constituían una raza oscura y violenta, contrahecha, monstruosa y amiga del estrépito.
El hijo del viejo Ymir, nacido de la unión de uno de sus pies con el otro, era un ser semejante a un glaciar, con seis cabezas, llamado Thruthgelmir, o el Poderoso Vociferante, y su hijo era conocido como Bergelmir, o sea, el Vociferante Roquizo. Cuando ambos y sus ancianos padre y abuelo, Ymir – Aurgelmir o Hierve – Barro, se reunían en consejo, el ruido resultaba desagradable, y Odín, Vili y Ve, retoños de Bor, se irritaban más allá de todo límite. Odín y sus hermanos entraron en disputas con el viejo gigante Ymir y, tras un gran combate, le dieron muerte. Al caer, hecho trizas, salió tantísima sangre de su cuerpo que toda su familia gigantesca se ahogó, con excepción del miembro más joven, Bergelmir, y de su esposa. Bergelmir pudo nadar entre las sanguinolentas oleadas arrastrando a su mujer del pelo, hasta ser capaz de izarse penosamente sobre un molino enorme, y allí quedaron ambos, jadeando anhelosamente, intentando respirar mejor. Así pudo continuar la raza de los gigantes del hielo y de los ogros de las colinas. Odín, Vili y Ve arrastraron los restos de Ymir, que todavía lanzaban torrentes de sangre, hasta depositados en mitad de Ginnungagap. Había tantas heridas en el cuerpo de Ymir que su sangre, saliendo a borbotones, acabó formando el mar.
Todos los océanos, lagos, ríos, cascadas, charcos y arroyos tuvieron su origen en la sangre de Ymir. Los hijos de Bor pusieron manos a la obra sobre el cuerpo de Ymir lo golpearon, moldearon, hicieron trizas y acuchillaron, manejando el tremendo cadáver, tirando de su carne y empujándola de acá para allá, cual si fuese arcilla, hasta sentirse satisfechos. Cuando hubieron dado término a la hórrida tarea, habían generado el fundamento de la tierra, es decir, suaves colinas, llanuras, secos lechos de río, vacías cuencas de lagos y el fondo marino carente de agua. En todos esos huecos fueron luego vertiendo la sangre de Ymir, de manera que la tierra, quedaba totalmente rodeada por el mar, al cual afluían los ríos. Hicieron con el hacha pedazos y astillas de los huesos, formándose así los riscos y montañas. A continuación, de sus dedos dentadura y trozos sobrantes de los huesos fragmentados ya, formaron las rocas, individualizadas, separadas, y los cantos rodados de la orilla del mar. Se sirvieron del pelo de Ymir para fabricar árboles y arbustos. Del suelo y tierra, hechos con su carne, brotó espontáneamente una raza de enanos, como ocurre con los gusanos que proceden de la descomposición.
Así pues, los hijos de Bor habían creado ya la tierra, las playas y el mar, pero aún no existía firmamento. En consecuencia, Odín Vili y Ve levantaron penosamente entre los tres el poderoso cráneo de Ymir, para formar una especie de cúpula en la tierra. Ahora tenían que hallar un medio para sujetarlo en semejante posición. Afortunadamente (pues sin cielo la tierra hubiera resultado un sitio misérrimo y oscuro, nada interesante para vivir en él) pronto se halló la solución: pudieron servirse de los enanos. Odín, Vili y Ve ordenaron perentoriamente a cuatro de ellos permanecer de pie en las cuatro esquinas del mundo, sujetando el firmamento. Estos enanos recibieron los nombres de Norte, Sur, Este y Oeste. Un poco más tarde Odín crearía los vientos, apostando un gigante -uno de los hijos de Bergelmir- con forma de águila en los extremos terráqueos, y encargándole que agitase por siempre jamás sus alas. Y en esa corriente de aire así formada, los hijos de Bor desparramaron los sesos de Ymir para formar las nubes.

La cúpula celeste quedaba ahora firmemente asentada, pero seguía resultando oscura, amenazante. Libres de su tarea de soportar el firmamento, los hijos de Bor atraparon las relucientes cenizas y chispas, que salen arrojadas hacia el cielo en Muspellheim, y las depositaron en mitad del tremendo vacío para iluminar el cielo y la tierra. Dieron así mismo su posición a todas las estrellas; algunas debían quedar fijas en el cielo, en tanto otras circularían atrás y adelante según un modelo regularizado. Así quedaron demarcadas las estaciones del año, pero como aún no existían ni el Sol ni la Luna, el día estaba separado de la noche. Odín, Vili y Ve otorgaron a continuación una gran concesión de tierra rodeando en círculo la parte exterior de las orillas marítimas, para que fuese colonizada por los gigantes, y la denominaron Jotunheim o tierra de los gigantes.
Finalmente, los jóvenes dioses tomaron las cejas de Ymir, a fin de establecer un baluarte redondo, de murallas como acantilados, en derredor de la tierra. Y llamaron a esta fortaleza Midgard, es decir, Recinto Medio.

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